Martin Santomé tiene cuarenta y nueve años, es viudo hace más de veinte. Trabaja en una oficina haciendo cuentas y la verdad es que mucho no le encuentra el sentido a su vida. Tiene tres hijos, dos varones y una mujer. Con los dos varones se lleva de los pelos en cambio su hija Blanca lo cuida y pareciera de algún modo comprenderlo y preocuparse por él.
En la oficina en donde trabaja tiene algunos compañeros con los que se lleva bien aunque no por eso uno podría definirlos como amigos. Es el trabajo lo que los une a ellos. Tiene encuentros ocasionales con algunas personas. Con una mujer que conoce en un colectivo termina teniendo relaciones sexuales. También se encuentra con un ex compañero de colegio que se emociona al verlo. En ambas situaciones nada pareciera conmoverlo. Como si hubiera un vidrio entre él y las cosas que lo mantuviera a salvo de la alegría pero también del dolor.
Todo pareciera funcionar así. La indiferencia con la que Santomé se toma las cosas se observa en la mesa familiar donde Esteban, el más grande de sus hijos vive escondido detrás del diario disimulando su enojo con la vida. Uno deduce que ese enojo tiene que ver en parte con la edad propia del joven que sale al mundo y en parte con la perdida prematura de su madre. Cerca de cumplir los cincuenta años el único objetivo a corto plazo que Santomé pareciera plantearse es el de la jubilación. Todo este panorama anodino, gris y melancólico se dará vuelta de la noche a la mañana con la aparición de una nueva compañera de trabajo. Laura Avellaneda es una joven de veintitantos años de la que Santomé se enamorara perdidamente.

Gracias a dios para el ese sentimiento será correspondido. El redescubrimiento del amor funcionara finalmente como una tregua que reconectará a Santomé con lo mejor de la vida. El problema es que ese paréntesis amoroso será muy breve. Avellaneda encenderá a Santomé con todo eso que parecía irremediablemente perdido. Gracias a ella todo vuelve a tener sentido. El problema es que Avellaneda de modo inexplicable morirá de una gripe mal curada, así de absurdo como suena.
Su muerte volverá a dejar a Santomé solo pero esa soledad ahora estará teñida de una tristeza insondable. La tristeza propia del derrotado crónico que utópicamente imaginaba que podría cantar victoria, hasta que la realidad le demuestra que sus ilusiones tienen la consistencia de los castillos en el aire.
La Tregua es seguramente la obra cumbre de Mario Benedetti, quizás de todos los escritores uruguayos del siglo XX el más icónico de ellos y el más famoso de la trilogía compuesta además del propio Benedetti por Juan Carlos Onetti y Eduardo Galeano. La novela describe con maestría ese mundo urbano y gris de mitad del siglo XX al que desde Marx en adelante se le colgó la etiquete de alienado. Cercana en la inquietud vital a la literatura filosófica que fundo Albert Camus con ese libro extraordinario que es El extranjero, La tregua pareciera adaptar el tema del tedio ante el mundo a nuestra geografía rioplatense y lo hace con una fuerza natural absolutamente arrasadora.
En 1974 La tregua fue llevada al cine por Sergio Renán. Su película tiene la virtud de ser fiel al original y a su vez tener vida y voz propia. Interpretada por Héctor Alterio como Martin Santomé y Ana Maria Picchio como Laura Avellaneda. El film la funciona de modo notable gracias a la dirección de actores que logra Renán. Esa virtud es la que le da vida a la totalidad de la obra de Benedetti. El elenco del film es absolutamente impresionante y cada uno de los actores que participaron le dieron su impronta personal a la novela. Esa virtud es lo que termina dándole vida propia a la película de Renán. Cuando Alterio-Santomé le presenta a Picchio-Avellaneda a su hija Blanca interpretada de modo conmovedor por Marilina Ross no hace falta decir nada.
Son las miradas y los cuerpos los que sostienen el entramado narrativo de la ficción que se vuelve pura epifanía. Los personajes de la oficina interpretados por Antonio Gasalla y Walter Vidarte representan el sueño de escapar de la monotonía del mundo del trabajo. Uno sueña con ser artista y el otro con ganarse el PRODE.
El resto de los mortales agoniza en la monotonía de los días que solo podrán ser salvados por el amor. Renán construye un mundo propio y atemporal donde cada engranaje representa la totalidad de la pintura. Su universo como el del propio Benedetti no le teme a la cursilería y en ese sentido es parte de un linaje de artistas que van de Leonardo Favio a Alberto Migre.

Dentro de ese universo que más imitar a la vida la modela sin dudas sobresale la actuación del recientemente fallecido Luis Brandoni que encarna a Esteban, el hijo mayor de Santomé. Sin demasiadas palabras la actuación de Brandoni es más grande que la vida misma. A él como a Alterio no le hace falta decir nada. Con solo habitar la escena les basta y sobra. Promediando el film Alterio le reprocha a su hijo su malestar difuso. Esteban entonces se enoja y le reprocha al padre su resignación. «Sos un espejo que adelanta» le suelta en un momento el hijo al padre y me da miedo ser como vos, haciendo treinta años lo mismo hasta jubilarme.
Entonces el padre recién enamorado le da ánimos a su hijo poniéndose como ejemplo. Si él se enamoró a los cincuenta años y empezó de vuelta su hijo también podrá seguir adelante hasta encontrar el camino de sus sueños. La misma escena pero invertida se replica al final del film. Santomé se encuentra solo desarmando el departamento que había alquilado con Avellaneda. Alterio hace las maletas y mira la foto de su amada. Solloza en silencio mientras Esteban lo mira.
Sobre el final Alterio se apoya contra la pared y llora. Otra vez las palabras están de más. La escena se invierte. Ahora es el hijo el que le da ánimos al padre cuando él dice sus palabras de ánimo. Ya está, se terminó. No tenes que pensar eso le dice su hijo. Eras vos también el que tenía ganas de vivir. Renán cierra la película de una manera extraordinaria.
De repente las palabras de Brandoni se pierden en el aire mientras vemos que sigue hablando. El plano finalmente se cierra sobre Alterio hasta que la imagen funde a negro como si Renán quisiera decirnos que a veces no hacen falta las palabras. Es el amor de los amantes o el amor filial lo único que nos salvara del tedio y la alienación. En esa bondad del que bien quiere está el antídoto ante el tedio deshumanizante y es ese amor lo que no salva y nos sobrevive.
En estos tiempos de odio y sin razón conmoverse ante una obra de esa magnitud que no tiene tiempo ni lugar es un modo de enfrentarse a los que quieren que el mundo no tenga sentido. Los libros y las películas sirven para pensar y sentir la vida hasta reconectarnos con lo mejor que esta tiene. En esa conversación final sin palabras de padre e hijo se esconde sin más el sentido de todas las cosas.
La Tregua: Argentina 1974. Dirección: Sergio Renán.
Guion: Sergio Renán y Aída Bortnik. Music:. Julián Plaza.
Elenco: Héctor Alterio, Ana Maria Picchio, Luis Brandoni, Marilina Ross, Oscar Martínez, Carlos Carella, Walter Vidarte, Antonio Gasalla, Cipe Lincovski, Luis Politti, Hugo Arana, Norma Aleandro, China Zorrilla, Aldo Barbero, Lautaro Murua.





