SEMANA DE MAYO ¿REBELIÓN O REVOLUCIÓN?

por | May 25, 2026

REVISANDO LA CELEBRACIÓN

Durante la semana, los argentinos portamos la escarapela que denota el espíritu revolucionario de nuestros próceres, llegado el veinticinco de mayo, los argentinos celebramos la Revolución. Pero cabe realizarnos una pregunta, ¿fue una verdadera revolución o tuvimos que esperar más de 30 años para consolidar un orden legítimo?

CUANDO DERROCAR AL REY NO ALCANZA

Para la lectura de esta columna, es fundamental la introducción breve del marco teórico de Hannah Arendt. Sin éste, no podremos continuar con la propuesta que aquí se lee.

Arendt distingue entre los conceptos de rebelión y revolución, por un lado, y de libertad e igualdad, por el otro. Una rebelión cambia quién gobierna, pero no el orden mismo. Su objetivo es sustituir a un usurpador o tirano por un gobernante legítimo, sin transformar la estructura política de fondo. Es liberación, no libertad. Una revolución, en cambio, implica un nuevo origen: el establecimiento de algo radicalmente nuevo, la fundación de la libertad como orden político permanente.

Toda revolución está asociada a la búsqueda de libertad e igualdad. Igualdad como concepción de un descreimiento en el que la providencia o el destino anclen a un individuo a un estrato social. El concepto de libertad posee una doble concepción: como liberty, entendida como la liberación de las necesidades biológicas, y freedom o libertad política, como el deseo de instaurar un nuevo orden político que permita la libertad. Es esta última concepción de libertad la verdaderamente revolucionaria. Por lo tanto, para Arendt, solo hay dos revoluciones «auténticas» en la historia moderna: la americana, que logró fundar la libertad, y la francesa que fue devorada por «la cuestión social»

¿QUÉ PASÓ EN LA SEMANA DE MAYO?

Con todo esto asentado, ¿lo sucedido en la Semana de Mayo de 1810 fue una revolución?

Por un lado, podemos sostener que la Semana de mayo quedó en sólo una rebelión que aspiraba ser revolución. El movimiento de 1810 empezó como una rebelión de legitimidad, la destitución de Cisneros ante el vacío de poder en España, más que como una ruptura fundacional. No hubo declaración de independencia inmediata ni constitución nueva. Arendt advierte que las rebeliones que no van seguidas de una constitución de la libertad fracasan como revoluciones. El 25 de mayo inicia un proceso, pero la fundación (la Constitución de 1853) tardará cuatro décadas. Desde el punto de vista de Arendt, 1810 sería el momento de la liberación, no aún el de la libertad.

Por otro lado, podemos argumentar que la Semana de Mayo fue una revolución genuina, aunque con limitaciones. Arendt reconoce que lo que distingue a las revoluciones modernas es la experiencia del nuevo origen y la idea de que «la historia comienza de nuevo.» En ese sentido, 1810 sí tiene ese carácter: la semana de mayo fue vivida, tanto por sus actores como por sus contemporáneos, como el inicio de una era completamente nueva. Además, Arendt señala que en las grandes revoluciones los actores no sabían lo que estaban fundando mientras lo hacían, y eso encaja perfectamente con el uso del recurso extraordinario del Cabildo Abierto.

Pero, ¿cuál es el problema de todo esto? La cuestión social: Arendt argumenta que la Revolución francesa fue deformada por el ingreso de los pobres y la miseria en la escena política, lo cual desvió el objetivo de la libertad hacia la necesidad. Sin embargo, la revolución rioplatense, como la norteamericana, no tuvo ese problema en su origen, los revolucionarios formaban parte de la élite criolla letrada, lo cual la acercaría al modelo que Arendt más admira.

«El 25 de Mayo es, en este sentido, una promesa permanente. Arendt nos daría la razón en festejar: nuestro mito de fundación comenzó ese día, un mito real e irrepetible. Pero también nos invitaría a preguntarnos si terminamos de cumplir lo que empezamos».

MARTÍN BELLOTTI.

La Junta de Gobierno formada el 25 de mayo declaró que gobernaba en nombre de Fernando VII. En sus memorias, Saavedra sentenció que “por política fue preciso cubrir a la junta con el manto del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos.” Esta “máscara” se sostendría hasta el 9 de julio de 1816.

Por lo tanto, el hecho sucedido en la Semana de mayo de 1810 puede ser visto como una rebelión que contenía el germen de una revolución, pero que, siguiendo las palabras de Arendt, solo se convirtió plenamente en tal cuando logró, décadas después, fundar un orden constitucional estable. El modelo arendtiano aplicado a Argentina se apoya en la conservación del espíritu revolucionario pero basado en la conmemoración de la fecha de la liberación, no aquella de la fundación. Y esa confusión entre liberación y libertad es diagnóstico del problema recurrente de las revoluciones modernas.

LA CONSTITUCIÓN COMO REVOLUCIÓN

Que el germen tardara cuatro décadas en germinar no fue accidente ni pereza histórica. Fue el resultado de una guerra civil sin pausa, de un conflicto que lo atravesó todo: el territorio, el dinero, el lenguaje político.

La pregunta que Mayo dejó abierta, ¿qué forma de gobierno debería tener el nuevo orden?, no tuvo una respuesta única ni evidente. Dos proyectos de país incompatibles se disputaron la respuesta a sangre, fuego y acero durante treinta años. Los unitarios, herederos directos del espíritu ilustrado de Mayo, querían un gobierno central fuerte y a Buenos Aires como capital de una república moderna. Los federales, con sus caudillos y sus milicias rurales, defendían la autonomía de las provincias y desconfiaban de una ciudad-puerto que concentraba los recursos aduaneros y no los compartía con nadie. No era solo una disputa constitucional: detrás había intereses económicos y mundos culturales que apenas se reconocían entre sí.

Arendt tiene una observación precisa para este tipo de empate: la fundación exige que los actores políticos se reconozcan mutuamente como iguales en el espacio de la deliberación. Unitarios y federales no se reconocían. Cada uno veía al otro como enemigo ilegítimo, como obstáculo a remover antes de que la verdadera Argentina pudiera comenzar. Esa negación mutua hizo imposible el acuerdo y mantuvo al país en el ciclo de la violencia: el mismo ciclo que, según Arendt, condena a las rebeliones que no logran fundar.

El punto más revelador fue Rosas. Juan Manuel se proclamó el Restaurador de las Leyes y gobernó sin constitución nacional: sostenía que el país no estaba maduro para darse una ley fundamental mientras la anarquía amenazara el orden, apoyado en un amplísimo consenso popular federal y en la lealtad de la campaña bonaerense. Su figura encarna la incongruencia que Arendt describe: un poder que se legitima en la defensa del orden existente y posterga indefinidamente la fundación de uno nuevo. Los intelectuales que tenían los proyectos, entre los que se encontraban Echeverría, Alberdi y Sarmiento, debieron pensar desde el exilio en Montevideo o en Chile. Fue Alberdi quien, frente a la caída de Rosas en Caseros en 1852, redactó las Bases que servirían de borrador para la Constitución. Entendía, como Arendt formularía un siglo después, que gobernar es fundar instituciones, no solo ganar contiendas.

Lo que impidió la fundación fue exactamente lo que Arendt describe como el peligro mortal de toda revolución inconclusa: la violencia que no cesa y no deja lugar a la palabra, al debate, al acuerdo. Mayo abrió el espacio; la guerra civil lo cerró durante cuatro décadas.

La Constitución de 1853, aquella que sentó las bases jurídicas del Estado de la actual República Argentina cuarenta y tres años después del 25 de Mayo, es en términos arendtianos, el verdadero acto revolucionario: el momento en que el germen de 1810 finalmente floreció, en el cual la promesa de un nuevo orden político tomó forma institucional duradera. Sin embargo, no fue solo un texto jurídico: fue el momento en que, por primera vez, los argentinos pudieron sentarse a deliberar sin que nadie necesitara ganar una batalla para tener derecho a hablar. Lo que Mayo prometió, la organización nacional tardó décadas en cumplir. Esto no le quita grandeza a 1810, le cambia su significado.

EL DOBLE NACIMIENTO DE LA NACIÓN

Las naciones recuerdan la insurrección y olvidan la fundación; celebran al héroe que derrocó al tirano y dejan en la sombra a quienes construyeron las instituciones. Es comprensible: la insurrección tiene épica, tiene fecha, tiene caras. La constitución tiene artículos.

Pero esa inversión tiene consecuencias. Cuando una sociedad identifica la libertad con el gesto de la ruptura, con el acto de liberarse de la opresión, y no con la paciencia de construir un orden político estable, queda atrapada en un ciclo: liberaciones que no fundan, revoluciones que no consolidan, historias que empiezan muchas veces sin terminar ninguna.

El 25 de Mayo es, en este sentido, una promesa permanente. Arendt nos daría la razón en festejar: nuestro mito de fundación comenzó ese día, un mito real e irrepetible. Pero también nos invitaría a preguntarnos si terminamos de cumplir lo que empezamos. Una nación que nació dos veces, en Mayo y en la Constitución, debería saber que la segunda fecha no es menos revolucionaria que la primera. Y quizás, también, que la revolución no termina hasta que la libertad encuentra una casa donde vivir.

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