Leer hoy Cuando me muera quiero que me toquen cumbia implica enfrentarse a una obra que carga con una potencia atípica dentro del periodismo narrativo argentino. No sólo porque Cristian Alarcón reconstruye la vida y la muerte de Frente Vital, sino porque esa historia le sirve para narrar una Argentina atravesada por una combinación de profundas desigualdades sociales.
Lo más valioso que tiene esta crónica es que logra escapar del relato policial tradicional. Durante años el discurso mediático redujo a los jóvenes del conurbano hasta el estereotipo más clasista, es ahí en ese terreno donde Alarcón construye una mirada que desarma una a una esas simplificaciones. No intenta ofrecer una explicación sobre el delito, en cambio propone una mirada dónde la pobreza y la violencia conviven entre códigos barriales y desigualdad. A mi juicio, esa apuesta formal constituye uno de los mayores méritos del libro.
Llegué a esta obra por la recomendación inesperada de mi hermano menor, un lector ocasional cuya insistencia volvió imposible ignorarla, y esa forma en la que me llegó también condicionó mi lectura: si un libro podía conmover de ese modo a alguien tan alejado al hábito lector, entonces debía haber en sus páginas, sin dudas, una fuerza singular. En principio para comprender esa potencia es indispensable situar el texto en el escenario histórico en el que surge.

A fines de la década de 1990 y comienzos de los 2000, la Argentina agotó el modelo neoliberal llevado adelante durante el menemismo. El estallido de diciembre de 2001 fue la consecuencia inevitable de índices históricos de desempleo y debilitamiento del tejido social, y a su vez también dejó entrever una crisis de representación política y un aumento significativo de la violencia institucional sobre los sectores más vulnerables.
Casos como el asesinato de Walter Bulacio, símbolo de la violencia policial sobre juventudes populares; la Masacre de Avellaneda, con los asesinatos de los militantes populares Maximiliano Kosteki y Darío Santillán; y el caso de Ezequiel Demonty, asesinado por efectivos policiales en 2002, forman parte de una misma violencia sistemática en donde el gatillo fácil y la criminalización de la pobreza jugaron un papel preponderante. Desde este punto de vista, Frente Vital no aparece como una anomalía individual o una simple biografía criminal, en cambio se convierte en una voz emergente de una época marcada por desigualdad estructural y violencia institucional.
Publicado en 2003, el libro dialoga de manera directa con ese momento histórico, cuando el derrumbe del proyecto neoliberal expuso no sólo una crisis económica, sino también las formas represivas con las que el poder de turno sometió a las zonas marginales de la sociedad.
«Buena parte de la potencia del libro reside en su forma narrativa. Alarcón pone el foco en los vínculos y códigos territoriales, pero evita la romantización y la condena. No pinta a Frente Vital reduciéndolo a la figura plana del delincuente ni tampoco lo convierte en mártir».
CHARLY LONGARINI.
Lo más interesante del trabajo de Alarcón es que su investigación no se limita a observar ese universo desde una distancia cómoda o con intentos de objetividad forzada. Es precisamente ahí donde la obra se aleja del periodismo policial clásico. Cuando me muera quiero que me toquen cumbia se construye mediante procedimientos propios de la crónica de no ficción: investigación territorial, reconstrucción testimonial, trabajo de inmersión y sobre todo una proximidad sostenida con los sujetos narrados. Pero esa cercanía no transforma únicamente la representación de Frente Vital; transforma también al propio cronista.
En una entrevista concedida al programa Decime quién sos vos, Alarcón reconoció que, al inicio de su investigación, ocultó su orientación sexual por temor al rechazo, aunque luego descubrió formas de aceptación que desmontaron sus propios prejuicios (Alarcón, 2013). Esa experiencia no debe leerse como un dato aislado, sino como una clave fundamental: la crónica no sólo produce conocimiento sobre el otro, sino también una revisión profunda del propio investigador. Esa transformación vuelve más honesta la escritura de Alarcón, porque no narra desde una superioridad moral ni desde una neutralidad difícil de sostener, sino desde una experiencia que lo obliga a revisar sus propios sistemas de creencias.
«Desde mi perspectiva, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia ocupa un lugar relevante en la renovación del periodismo narrativo argentino porque corre el eje del delito como una simple cuestión individual hacia las esferas sociales que lo producen»
CHARLY LONGARINI.
Buena parte de la potencia del libro reside en su forma narrativa. Alarcón pone el foco en los vínculos y códigos territoriales, pero evita la romantización y la condena. No pinta a Frente Vital reduciéndolo a la figura plana del delincuente ni tampoco lo convierte en mártir, a pesar de los muchos testimonios que dan cuenta de la veneración mística que recae sobre su figura. Aparece, más bien, como producto de un entramado barrial y cultural más amplio. Esa decisión es central, porque reemplaza la lógica con que suelen narrarse las vidas marginales. El tono del libro se construye en una tensión latente entre crudeza y sensibilidad. Ahí reside uno de sus mayores logros: narrar y comprender sin justificar la violencia.
Desde mi perspectiva, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia ocupa un lugar relevante en la renovación del periodismo narrativo argentino porque corre el eje del delito como una simple cuestión individual hacia las esferas sociales que lo producen. Alarcón toma elementos tradicionales de la crónica latinoamericana pero le agrega su propia sensibilidad en un contexto de desigualdad social. Por eso su aporte no es solo formal -aunque su escritura sea absolutamente relevante- sino que también esto lo convierte en un hecho político porque modifica las maneras de narrar lo complejo de ciertos sujetos y sus territorios. Justo en el lugar donde el discurso imperante suele ofrecer imágenes planas o estigmatizantes, la crónica aporta relieve y humanidad.
Si algo vuelve perdurable este libro, creo, es su capacidad para seguir incomodando incluso desde el presente. No lo leo únicamente como documento de una época, sino como una intervención que todavía obliga a reflexionar cómo se construyen ciertas categorías que tienen que ver con lo marginal. Uno de sus mayores logros consiste en mostrar que narrar también implica involucrar sentidos y emociones. Cuando me muera quiero que me toquen cumbia no llega a respuestas tranquilizadoras ni aporta una moral con broche de oro; en su lugar propone, más bien, una pregunta que queda ahí latiendo sobre la relación entre sujetos, lenguajes y lugares de poder. Precisamente por eso sigo viendo en este libro una obra fundamental: porque convierte la crónica en mucho más que un registro de lo real. La convierte en una nueva forma de mirar.





