LA ODISEA DE CRISTOPHER NOLAN: DEL AULA AL FUEGO SAGRADO DE LA LITERATURA CLÁSICA

por | Ago 21, 2026

Hacia viernes Salvajes

LA ODISEA DE NO SALIR DE UNA PELÍCULA

La pantalla se va a negro y aparece el nombre de Christopher Nolan. La película terminó y no sé bien qué siento, pero de lo que estoy seguro es de que estoy conmovido. No hay lágrimas, no hay euforia, no hay nada de lo que habitualmente aparece cuando una obra te atraviesa.

Ver una película de Nolan implica a veces no entender, a veces marearme un poco, pero siempre me compromete desde el cuerpo. La Odisea no es la excepción.

Camino por los pasillos en penumbra para salir del cine y no logro dimensionar lo que vi, o mejor dicho, lo que viví. No sé si es una obra maestra o un producto con aspiraciones de trascender y arrasar con los Oscar el año que viene. Necesito que pase un poco de tiempo para saberlo.

La Odisea rompe con la lógica de toda película inspirada en un libro conocido y, al mismo tiempo, genera una contradicción. En ella conviven dos tipos de obra: la que genera un atajo para no agarrar un libro mítico como el de Homero y la que acerca a mucha gente la magnificencia de la poética clásica.

A mí, que me gusta andar recomendando libros y tratando de que la gente se reconcilie con la lectura, me pasó más de una vez: recomendaba La Odisea a alguien, sobre todo a alguien joven, y podía ser testigo de cómo le volaba la cabeza. Y si esa persona tenía la inquietud de escribir, la obra ponía de manifiesto no sólo el reflejo de la condición humana que hay en sus personajes y conflictos, sino también la potencia de una obra escrita hace casi tres mil años que todavía puede enseñarnos cómo contar una historia.

Pero también es cierto que La Odisea quedó presa de algunos ámbitos académicos, sobre todo de aquellos claustros donde se debate e investiga la literatura y la filosofía, y quedó así alejada del público general, que a veces soltaba frases como “la odisea de volver a casa” sin tener demasiado claro a qué se refería exactamente.

Quizás ahí esté una de las grandes virtudes de la película de Nolan: tomar una historia que parecía pertenecer a los libros, a las aulas y a las bibliotecas y devolverla a un territorio al que siempre perteneció: el de las grandes historias que se cuentan alrededor de un fuego.

No hay dudas de que Nolan soñó toda su vida con hacer esta película. Haberse consagrado para la crítica con Oppenheimer le permitió encarar el proyecto más personal de toda su vida. Le dieron un presupuesto enorme y total libertad para hacer lo que quisiera, y el tipo se mete con uno de los libros más sagrados de la Literatura Universal.

Después de verla, me resulta inevitable mirar hacia atrás y encontrar en su filmografía los rastros de este viaje. Hay ecos de Memento cuando Odiseo pierde la memoria, de las escenas de alta mar de Dunkerque, de los hombres en armaduras de la trilogía de Batman, de la importancia de los sueños en Inception, de la relación entre un hijo que espera la llegada de un padre en Interstellar y de un hombre contrariado con su destino en Oppenheimer.

Quizás no sean ensayos conscientes para llegar hasta acá. Quizás sea algo que sólo puedo ver ahora, después de haber llegado con él a Ítaca. Porque una película también puede modificar retrospectivamente una filmografía: de pronto, aquello que parecía disperso encuentra un sentido nuevo.

No sé si La Odisea es una obra maestra. Necesito verla un par de veces más y dejar que el tiempo pase para saberlo. Lo que sí tengo claro es que es la obra suprema de un autor, la cima de una filmografía que hasta este momento me parecía algo desordenada pero que, con esta última película, parece poner cada cosa en su lugar.

La Odisea es la llegada de Nolan a su Ítaca, después de un largo camino en el que tuvo que peregrinar por el desierto de una industria que nunca se la puso fácil.

Ya pasaron más de 24 horas desde que salí del cine, pero pareciera que todavía sigo en esos laberintos en penumbra tratando de encontrar la salida mientras pienso en lo que vi, sin saber qué sentir ni qué decir.

Quizás esa sea, por ahora, mi manera de entender la película: todavía no haber salido de ella.

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