Hija del periodista Félix Guerra que escribió uno de los primeros libros sobre Ernesto Guevara, Che, Sierra Adentro, y fue condenado a la censura, autora hace una década de Bahía de Sal; una nena que comienza a crecer en los tiempos que cae el Muro de Berlín, y se inicia la crisis del bloque socialista, Gabriela Guerra Rey nos responde en el aeropuerto de Londres a Nairobi, la capital de Kenia. Repasa su etapa en Prensa Latina, analiza el deterioro de los grandes medios de comunicación y el avance de las redes sociales, y reflexiona sobre el desencanto político, la literatura como refugio y su vínculo entrañable con la Argentina.
La identidad, el oficio y la emigración
—Inicialmente, ¿cómo te definirías entre la escritura, el periodismo o la edición? ¿Dónde está tu centro?
—Creo que soy escritora, sobre todo si tengo que elegir una opción. Lezama Lima decía que definir es cenizar, una manera muy suya de decir «hacer cenizas», y coincido un poco con ello porque todos somos muchas cosas en momentos diferentes. Pero cuando me defino, suelo decir que soy una mujer, una emigrante y una escritora. Creo que con eso respondo: uno va haciendo cada día lo que la vida le pone a bien ser en su momento.
—En tu trayectoria trabajaste en la agencia Prensa Latina. ¿Cómo fue esa experiencia en un medio fundado en sus inicios por el argentino Jorge Masetti?
—Sobre Prensa Latina puedo decir las mejores cosas y las peores también. Fue una experiencia extraordinaria; yo era muy joven, estaba estudiando periodismo e inicié mi carrera allí. Me enamoré del oficio, aprendí a concretar una idea en la menor cantidad de palabras posible y a pensar muy rápido. Sin embargo, dicho esto, también te puedo decir que el periodismo que se hace en Cuba no es verdadero periodismo: es muy pobre, está absolutamente censurado, dices lo que esperan en la agencia que digas y no creces. Crecí escrituralmente, sí, pero en la habilidad que desarrollamos de esconder lo que pensamos y escribir sin traicionarnos a nosotros mismos.

-África, uno de los destinos de la escritora cubana, quien conversó con Periodismo en Jaque en pleno viaje.
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Posteriormente, en 2009, fui corresponsal en México. Fue una vivencia bisagra porque me adentró en el país que adoptaría como mi segunda patria, pero al mismo tiempo los periodistas vivíamos allí en condiciones de casi semiesclavitud: muy mal pagados, teníamos que entregar los pasaportes y no teníamos derecho a movernos ni a reunirnos con personas sin informar previamente. Parte de eso lo cuento en mi libro Nostalgias de La Habana, aunque con el tiempo y la distancia física uno pone todo en su justo lugar: la ambigüedad de un medio que nació con un sueño de verdad, frente al desengaño de vivir en un régimen como el cubano donde nada se hace con libertad.
El periodismo de hoy y la literatura como resistencia
—¿Cómo ves el periodismo actual, la creación de medios digitales independientes y el auge de las redes o el streaming?
—Suelo decir que soy una pesimista que intenta exportar una visión optimista del mundo. Dejé el periodismo del día a día porque me sentía rota. Entré a la profesión con la ilusión de que era un arma para transformar cosas, pero tras años en Cuba y México me di cuenta de que el sistema está profundamente corrompido. Me apena que el periodismo de investigación esté casi extinto. Hoy me preocupa mucho lo que ocurre en las redes sociales, donde cualquiera opina sin criterio y, a fuerza de repetir disparates, termina construyendo «verdades».
“Aprendí el oficio de la escritura en Prensa Latina, pero también la habilidad de escribir sin traicionarnos a nosotros mismos para complacer lo que otros esperan”.
GABRIELA GUERRA REY.
Sin embargo, creo en los proyectos independientes e individuales. Así como la verdad editorial muchas veces está en las pequeñas editoriales independientes que rescatan la literatura y no se dejan llevar solo por lo que vende, creo que la verdad del periodismo hoy se encuentra en voces individuales: periodistas que defienden una información con fuentes válidas para contrarrestar la narrativa de los grandes centros de poder.
—Bahía de Sal cumplió 10 años. En la obra queda la sensación de que, mientras el entorno colapsa, las mujeres son las que sostienen la vida. ¿Hay una resiliencia intrínseca en la mujer cubana y latinoamericana?
—Es una condición de las mujeres cubanas, latinoamericanas y casi universales. En Bahía de Sal —aunque no sea explícitamente Cuba— la matriarca Maíta está inspirada en una tatarabuela mía que vivió hasta los 118 años y crió a decenas de nietos e hijos. En Cuba, y en toda América Latina, ves poblaciones donde los hombres emigran o desaparecen, y son las mujeres las que tienen que echar para adelante con la familia en condiciones extremadamente precarias. Siempre me he sentido una escritora de lo femenino, no solo porque entiendo mejor sus dinámicas, sino como un homenaje a las grandes mujeres que he visto hacer lo imposible para sostener a los suyos.

Polarización política y el rol de los intelectuales
—Vivimos tiempos de fuerte polarización política, donde en países como Argentina se estigmatiza la idea de la «izquierda». ¿Cómo analiza una autora crítica de los procesos autoritarios esta irrupción de las extremas derechas?
—Es un tema complejo. Cuando las extremas derechas o las derechas rancias proliferan, se debe a una situación real y previa de las izquierdas. El problema central es que se ha confundido tanto el panorama que ya no se sabe qué es izquierda o derecha. Hemos tenido izquierdas populistas que vendieron la idea de actuar en beneficio del pueblo, pero a las que no les importaba la gente.
Tratando con políticos de distintos signos me volví profundamente apolítica. Una vez escribí una columna titulada «Yo una vez fui de izquierda», donde planteaba que ante determinados populismos sin sustento económico real dan ganas de no embanderarse con nada. Cuando la izquierda pierde el rumbo y utiliza la mentira, abre la puerta al surgimiento de su contraparte. No veo a la élite política —de ningún lado— haciendo cosas reales por los ciudadanos.
“Cuando las extremas derechas proliferan, se debe a una situación real de las izquierdas: populismos a los que no les importa el pueblo”.
GABRIELA GUERRA REY,
—¿Qué función cumple la literatura en tu vida? ¿Persiste la idea del escritor comprometido?
—Para mí es un modo de vida. No creo que la literatura o la poesía vayan a cambiar el mundo por sí solas —eso es una idea ilusoria—, pero sí son imprescindibles para tener los ojos abiertos, ejercitar el pensamiento crítico y comprender la realidad. Le tengo mucha más fe a la literatura que a los políticos o a los historiadores, porque reúne la búsqueda espiritual y estética del ser humano. Frente a un mundo dominado por la información vacua y la superficialidad, la literatura nos devuelve la profundidad.

-Nacida en Cuba, vivió en España, México y conoce la Argentina. la foto en Fish River Canyon, Namibia, en un viaje de visita rumbo a Sudáfrica,
Lecturas, formación y la conexión con la Argentina
—¿Qué estás leyendo actualmente y qué obra podrías recomendar?
—Leo mucho por mi doctorado en la Universidad de Salamanca y por los talleres que imparto, donde descubro a autores contemporáneos muy jóvenes. Recientemente he quedado maravillada con la obra del ensayista Toni Montesinos, en especial con su libro El triunfo de los principios, sobre Henry David Thoreau, y Con los ojos llenos de alegría, sobre Ralph Waldo Emerson. Adentrarme en los pensadores de Concord ha sido una revelación para entender el mundo contemporáneo. También, preparando mi viaje, estoy leyendo El sueño de África, de Javier Reverte, que tiene una prosa poética excepcional para describir la historia y el paisaje, y un pequeño libro de Ryszard Kapuściński titulado Encuentro con el otro.
“Le tengo mucha más fe a la literatura que a los políticos y a los historiadores para desarrollar el pensamiento crítico”.
GABRIELA GUERRA REY. ESCRITORA CUBANA.
—Para finalizar, ¿qué significa la Argentina en tu mapa personal y literario?
—Siempre que me preguntan por los lugares a los que pertenezco, donde he sido feliz, he sufrido y he querido gente, menciono a la Argentina junto a Cuba, México y España. Es una tierra que me ha dado grandes lecturas, editores entrañables y grandes amigos. Recuerdo con muchísima emoción mis primeros viajes recorriendo Buenos Aires buscando las placas de Borges, visitando la Biblioteca Nacional o en la escollera de Mar del Plata donde se despidió Alfonsina Storni. Además, es un país de una riqueza musical infinita; jamás me canso de escuchar a Mercedes Sosa. Argentina está de manera permanente en mi corazón.
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