-¿Puede llegar a ser inverosímil, no?
-Si está bien hecho, no.
El primero en pronunciar esa duda es Santos. El que responde, con precisión quirúrgica, es Ravenna. El capítulo es “El colaborador foráneo” y le están por hacer creer a un comisario de la bonaerense el avistamiento de un ovni desde los mismísimos ojos del FBI.
En ese diálogo mínimo tal vez se concentre no sólo el corazón de Los Simuladores, posiblemente la serie más lograda de la televisión argentina, sino también una lógica mucho más amplia, la de toda simulación eficaz. Porque si algo entendió la creación de Damián Szifron es que una mentira no triunfa necesariamente por la ingenuidad de quien la padece, sino por la solidez del dispositivo que la sostiene.
El secreto del éxito de Los Simuladores no residía únicamente en sus guiones precisos, sus actuaciones orgánicas o su calidad cinematográfica, sino en una premisa tan sencilla como perturbadora: las víctimas terminaban creyendo porque la operación desplegada frente a sus ojos parecía demasiado perfecta como para ser falsa. “Esto tiene que ser real”, parecía pensar cada objetivo. “Nadie invertiría tanto esfuerzo solo para engañarme”.
Cada operativo funcionaba sobre una estructura rigurosa de cuatro pilares: investigación minuciosa (Medina), planificación estratégica (Santos), técnica y logística (Lamponne) y caracterización (Ravenna). Cuatro engranajes cuya coordinación convertía la mentira más delirante en una experiencia verosímil. Si cada pieza cumplía su función, la realidad podía ser desdoblada y reemplazada por una versión diseñada con mayor eficacia narrativa.
Si quisiéramos moralizar, podríamos decir que Los Simuladores no eran más que estafadores sofisticados con una coartada que cargaba ética y que sostenía una moral férrea. Sin embargo, la serie comprendía algo más profundo: para que el espectador aceptara el engaño, primero debía convencerse de que existía una causa justa. Las simulaciones no eran gratuitas. Se presentaban como mecanismos correctivos frente a instituciones ausentes, burocracias inútiles o vínculos dañados. Allí aparecía su legitimidad.
En el universo creado por Szifron los simuladores prosperaban allí donde el sistema fallaba. Encontraban una hendija, un pequeño intersticio en una sociedad desamparada por las estructuras que debían protegerla, y desde ese margen construían su negocio. Resolvían problemas que nadie más resolvía, pero lo hacían a través de una enseñanza que consistía en que si la puesta en escena es lo suficientemente eficaz, la percepción puede volverse más poderosa que los hechos mismos.
«Si quisiéramos moralizar, podríamos decir que Los Simuladores no eran más que estafadores sofisticados con una coartada que cargaba ética y que sostenía una moral férrea»
CHARLY LONGARINI
En el episodio “Brigada B” Santos le advierte a Bonelli: “nunca minimices un caso”. La frase funciona como una síntesis perfecta de la lógica de la serie: no solo no dejaban ningún detalle librado al azar, sino que también entendían que para que la simulación tuviera el efecto deseado había que detectar primero pequeños signos en donde se vieran reflejadas inseguridades, deseos y manifestaciones que pudieran poner obstáculos por fuera de la planificación.
Y quizás ahí esté la vigencia más incómoda de Los Simuladores. No en sus disfraces, ni en sus operativos extravagantes, ni siquiera en su nostalgia televisiva, sino en haber anticipado que la verosimilitud no prueba la verdad, muchas veces sólo prueba la potencia de la construcción.
Aquellas operaciones ficticias de alguna manera desnudaron la potencia de quienes engañan y la vulnerabilidad de quienes son engañados. La serie fue una especie de manual de procedimiento que reveló sin querer cómo se ponen en práctica los mecanismos del relato para torcer decisiones individuales. Entonces no es muy alocado preguntarse hoy en día de qué manera los sectores políticos, mediáticos, agentes del poder llevan a cabo maniobras para crear y sostener un relato que modifique estratégicamente voluntades colectivas. Lo vemos y no lo vemos, pero aún así, creemos en todo lo que nos llega a nuestras pantallas y dispositivos de percepción. Creemos porque, más allá del sesgo que uno imponga a la información, en el fondo llegamos a una pregunta retórica que no nos la hacemos conscientemente: “¿quién invertiría tanto para engañarme?”.
Entonces: ¿qué sucede cuando engañar ya no es un esfuerzo excepcional, sino una de las industrias más rentables y sofisticadas del presente?
El siglo XXI perfeccionó la matriz de Los Simuladores hasta volverla casi irreconocible, tan grande que es demasiado obvia. Ya no hacen falta galpones secretos, actores contratados ni escenografías monumentales para fabricar una percepción. Hoy buena parte de esas operaciones ocurren en la intimidad de una pantalla, administradas por tecnologías invisibles que conocen hábitos, consumos, emociones y vulnerabilidades con una precisión que Medina habría envidiado. Primero la investigación minuciosa mutó en Big Data, la madre de las IA. La planificación cayó en manos de consultoras. La técnica y movilidad, en soportes digitales. Y la caracterización encontró nuevas máscaras en influencers, voceros mediáticos, inteligencia artificial o líderes que construyen autenticidad como si fuera un producto más, un método más viejo que la tragedia.

En “Marcela & Paul”, una mujer les pregunta si son freudianos o lacanianos. Santos responde sin dudar: “Somos profesionales”. La frase, mas que un chiste brillante, también funciona como una definición perturbadoramente actual de la lógica de la simulación. Ya no importa tanto la ideología o la teoría, sino la capacidad técnica al momento de producir efectos sobre la percepción de los demás.
Pero no somos solamente víctimas, pobres inocentes de los poderes que quieren torcer nuestro destino y nuestras decisiones. La condición humana hoy atiende en los dos lados del mostrador, somos engañados y también engañamos. Si algo desvelaron las redes sociales desde sus inicios es nuestra manera de construir un relato sobre nuestras vidas y hábitos de consumo. Hace años me reuní a tomar un café con un amigo y no nos sacamos ninguna foto y por lo tanto tampoco la subimos a ningún espacio de virtualidad. En chiste decíamos que si nuestro encuentro no estaba colgada en alguna red social, entonces no nos habíamos encontrado. Nos reímos de eso pero sabemos que somos víctimas de la validación del otro ¿No hemos visto hasta el hartazgo a gente ensayar sonrisas frente a una selfie? ¿Cuántas veces vimos enfriarse una comida mientras alguien intentaba conseguir la foto perfecta del plato? ¿Acaso no publiqué estados en donde la juego de loser para generar empatía en los demás?
Es evidente, que desde las redes sociales también construimos avatares que terminan siendo más importantes que nuestra persona real. Tenemos amigos a los que nunca le escuchamos la voz ni le hemos dado un abrazo pero hace años nos vemos a través de una pantalla y hasta parece que nos conocemos.

Jean Baudrillard, filósofo que conocí gracias a Matrix, decía que vivimos en un mundo donde la representación termina volviéndose más importante, es decir, que las sociedades no se organizaban alrededor de la verdad, sino de aquello que parece suficientemente real.
Si bien la sofisticación cambió, la lógica continúa en eso de construir una narrativa lo suficientemente sólida como para que la realidad alternativa sea más creíble que lo real. Porque la eficacia de una simulación nunca dependió exclusivamente de la mentira, sino de su capacidad para ordenar el caos y construir el discurso preciso. Frente a un mundo saturado de información, las versiones simplificadas, emocionales y cuidadosamente producidas suelen ofrecer algo irresistible como el sentido. Aunque ese sentido sea artificial.
Tal vez la enseñanza más lúcida que nos deja Los Simuladores sigue siendo que toda operación, por perfecta que parezca, depende de que alguien no vea los hilos. El poder de la simulación reside menos en su omnipotencia que en nuestra disposición a aceptar su escenario como inevitable. Santos lo sabía, Ravenna también: lo inverosímil solo funciona cuando está bien hecho, pero sobre todo cuando nadie se detiene a preguntarse “quién invertiría tanto esfuerzo solo para engañarme”.
Por todo esto, y más allá de la simple evocación de una serie de culto, con todos los matices que lograron construir un fandom fiel y que estamos a la espera de la realización de la película, Los Simuladores entendió esa lógica antes que muchos discursos políticos contemporáneos y nos la puso delante de nuestras narices para que, mientras creíamos estar riéndonos de las víctimas de sus operativos, en realidad nos estábamos riendo de nosotros mismos.




