EL FINAL DEL VIAJE: LIO MESSI Y SU LEGADO EN LA SELECCIÓN

por | Jul 20, 2026

El partido llega a su fin. Los españoles corren a abrazarse, hay algunos empujones, pero más allá, casi en un rincón de la cancha, está él. Sentado sobre el césped, con las manos apoyadas detrás del cuerpo, mirando la nada. No es difícil imaginar que, mientras espera, recorre en silencio toda su historia con la selección: aquellos primeros partidos, con cierta timidez entre grandes nombres propios, pero con la misma voracidad de siempre.

Una de las primeras imágenes que recuerdo de Messi con la camiseta argentina es la de un pibe sentado en el banco de suplentes, de brazos cruzados, enojado por no jugar. Ante nuestros ojos parecía un chico caprichoso. Quizás esa imagen haya dado la vuelta al mundo; no recuerdo su repercusión. Lo que sí recuerdo es que ya era la gran promesa que todos creíamos que iba a ser y que, con el tiempo, terminó siendo.

Hace unos días, el algoritmo —que en tiempos de Mundial se vuelve mundialista— me mostró un video. Un streamer contaba que un amigo inglés le decía que, cuando de adolescente sus padres querían castigarlo, le sacaban el auto. Entonces él simplemente salía en el auto de algún amigo. Después les preguntó a quienes lo miraban qué les sacaban a ellos cuando los castigaban. Las respuestas se repetían una y otra vez: «la pelota», «el fútbol», «no salir a jugar». Ahí entendí que, aunque nuestras infancias sean distintas, hay algo que para nosotros siempre fue irremplazable.

-18 de Diciembre de 2022, Gol de Lío Messi. Montaña humana en aquella final con Francia.

En este país se regalan pelotas para los cumpleaños, para Navidad, para el Día del Niño. Pero una pelota tiene algo curioso: parece un regalo individual, aunque en realidad nunca lo es. Cuando a un chico le regalan una pelota, también le están regalando la posibilidad de encontrarse con otros.

En mi infancia bastaban dos ladrillos para hacer un arco, o dos mochilas, o dos buzos. Se jugaba durante horas en la calle y había que detener el partido cada vez que pasaba un auto: las pausas de hidratación de antes. A veces ni siquiera hacía falta una pelota; las armábamos con trapos, con papel, con lo que tuvieramos a mano.

Sin que nadie nos lo enseñara, aprendíamos que el fútbol siempre era colectivo. Ahí se ganaban amigos, también enemigos, y se entendía que siempre había revancha. Desde el potrero hasta el Mundial, el fútbol conserva una rareza que otros espectáculos perdieron: todavía permite que el más débil le gane al más poderoso. Por más dinero, apuestas, tecnología o estadísticas, nadie sabe de antemano cómo termina un partido. Cada tanto el Prode se rompe y, con él, también nuestra lógica.

«Una pelota tiene algo curioso: parece un regalo individual, aunque en realidad nunca lo es. Cuando a un chico le regalan una pelota, también le están regalando la posibilidad de encontrarse con otros».

CHARLY LONGARINI.

El fútbol es un lenguaje. Lo aprendemos de chicos y después lo usamos para explicar casi cualquier cosa. Jugamos de memoria, hacemos tiempo, gambeteamos problemas, tiramos paredes, quedamos mano a mano con la vida. Tal vez por eso siga siendo una de las formas más sencillas que tenemos de entendernos entre nosotros.

Los mundiales ocupan un lugar especial en todo eso. Se juegan cada cuatro años y la espera agranda todo. En apenas un mes y medio, un equipo puede alcanzar la eternidad. Cuando juega la selección, el país entero parece contener la respiración hasta el pitazo final. Durante un rato dejamos de pensar en casi todo lo demás. Lo único importante pasa a ser dónde veremos el partido, con quién y qué cábalas habrá que sostener para que todo salga bien.

En mis cincuenta años atravesé trece mundiales. Argentina salió campeón en tres, pero sólo pude vivir conscientemente uno de esos títulos: Qatar. El primer Mundial que disfruté de verdad fue Italia 90 y, desde entonces, atravesé décadas de frustraciones. Entre Estados Unidos 94, el último Mundial de Diego, y Alemania 2006, el primero de Messi, cada ilusión terminaba pareciéndose demasiado a la anterior.

Con Messi volvió algo que creíamos perdido. Tener al ancho de espadas en el mazo siempre da confianza. Pero cada Mundial parecía encontrar una forma distinta de negarle la gloria con la camiseta que más quería vestir. Y aun así siguió viniendo. Siempre. Hasta aquella renuncia después de tres finales consecutivas perdidas, cuando hubo que salir a convencerlo de que volviera porque nadie estaba dispuesto a imaginar una selección sin él.

Después llegó Scaloni.

Y con él volvió algo todavía más importante que la ilusión: la confianza. La certeza de que ese grupo iba a dejar absolutamente todo en la cancha. Lo colectivo estuvo por encima de cualquier nombre propio y, quizás por eso, terminó potenciando a todos.

Desde hace seis mundiales que los viví a través de él. Quise que cada conquista fuera para Messi incluso más que para nosotros. Siempre sentí que el fútbol estaba en deuda con él. Le había dado demasiado a este deporte como para no regalarle esa alegría. Lo banqué en las buenas y en las malas porque, aunque hoy parezca increíble, hubo quienes necesitaban que fracasara para demostrar que tenían razón. Cada vez que le iba bien pensaba en ellos. Y cada vez que le iba mal, también. Nunca lograron mover un centímetro mi admiración; es más, creo que la hicieron más grande.

Han sido años vibrantes, pero los últimos fueron los más felices de todos.

-Lionel Scaloni, el entrenador «novato» Campeón y Subcampeón del mundo. Con él que Messi tuvo su mejor versión.

Hoy perdimos contra un gran rival. Duele, claro que duele, pero bastante menos que otras derrotas. No puedo dejar de pensar que el partido contra Inglaterra fue, para mí, la verdadera final. La verdadera copa fue esa imagen de los jugadores levantando la bandera de las Malvinas.

Messi sigue ahí, sentado sobre el césped. Todavía no recibió la medalla de subcampeón, esa que algunos consideran una ofensa porque alguien decidió instalar que el segundo puesto era un fracaso. Todavía no se acercó al público argentino. Todavía no lloró.

En el fondo él sabe, y nosotros también, que este viaje terminó.

Durante casi veinte años medimos el tiempo de cuatro en cuatro, esperando un nuevo Mundial suyo. Crecimos con él, envejecimos con él. Aprendimos a perder con él y también a ganar.

Dentro de algunos años, cuando nuestros hijos o nuestros nietos nos pregunten quién fue Lionel Messi, podremos hablarles de los goles, de las gambetas y de las copas. Pero sospecho que eso no alcanzará. Habrá que explicarles algo mucho más difícil: cómo hizo un futbolista para convertirse en parte de la vida de millones de personas que sintieron que, mientras él estuviera en la cancha, todavía era posible creer.

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