EL PUEBLO COMO SUJETO: LAS HUELLAS PLEBEYAS DE MAYO

por | Jun 15, 2026

Hace unos días se cumplió el aniversario del nacimiento de nuestra patria; aquella que nació cuando cayó la Junta de Sevilla y se cristalizó a través de una guerra civil en América que terminó con un continente libre de España, pero dividido en repúblicas hermanas. Al diluirse el poder del rey en términos políticos, las clases populares se vieron envueltas en un proceso de militarización que despertó la conciencia plebeya y las transformó en sujetos de la historia.

Así lo demostraron hitos como el Motín de las Trenzas en 1811 o las jornadas de 1812 contra los españoles; episodios donde la plebe exigió el fin de los privilegios coloniales y la radicalización del fenómeno insurgente. Este proceso propició la construcción de nuevos liderazgos e incluyó a sectores postergados: el pueblo enmarcado en regimientos militares, los esclavos —que alcanzaron la Libertad de Vientres en 1813— y las mujeres, cuya participación en la vida militar habilitó su posterior inclusión en la vida social.

El peronismo reconoce este protagonismo popular en Mayo. Valora el elemento político originario frente a la visión nihilista de cierto marxismo criollo que, al no encontrar a un Robespierre o a un Danton en San Telmo, dictamina que no hubo revolución, sino una mera fragmentación del Imperio español que derivó en una oligarquía prebendaria. Si bien el peronismo coincide en que tras la revolución se produjo una ruralización de las bases del poder, también es justo reconocer que la clase dominante porteña aportó grandes cuadros políticos capaces de sostener el proceso en los momentos más duros de la contraofensiva realista.

Un ejemplo de esto fue Juan Martín de Pueyrredón, quien le dio el aval y los recursos a José de San Martín para conformar el Ejército de los Andes. Los sectores acomodados sabían que la única manera de lograr rentabilidad era mediante la organización, pero también operaba allí una identidad criolla imbuida del Iluminismo francés y del liberalismo político británico; una élite que miraba más a David Ricardo que a Gaspar de Jovellanos o a los pensadores eclesiásticos españoles.

Lo que sucedió después fue el triunfo de la ganadería y la concentración de la tierra por sobre la agricultura, la colonización y el poblamiento. El saladero se impuso como la actividad más rentable de una economía primarizada, consolidando a un grupo terrateniente muy reducido que manejaba las divisas y, por ende, el puerto.

En este marco se inscribe la Revolución de Mayo, un laboratorio que produjo fenómenos de politización enormes como el de José Gervasio Artigas, quien rescataba la tradición de los comuneros, proponía el reparto de tierras y promovía un sistema de confederación de municipios. Este proyecto autónomo fracasó, cercado tanto por la resistencia española como por la burguesía comercial porteña. Sin embargo, el federalismo encontró allí su semilla, continuada luego por Juan Manuel de Rosas, quien no representa la negación de Mayo, sino su consecuencia.

El propio Rosas señalaba que en estas tierras se debía gobernar popularmente porque para ser unitario hacía falta una aristocracia, y aquí lo que había eran «acaparadores de vacas» incapaces de crear un mercado interno o una construcción nacional simbólica. Esa falta de representación social de las élites es la que históricamente empujó el conflicto —fuese el malón tehuelche o el «malón» de las montoneras provincianas— y la que, en definitiva, hizo emerger a los líderes populares: desde Artigas y Rosas, hasta un tal Juan Domingo Perón en el siglo siguiente.

«Esa falta de representación social de las élites es la que históricamente empujó el conflicto (…) que hizo emerger a los líderes populares: desde Artigas y Rosas, hasta un tal Juan Domingo Perón en el siglo siguiente «

SEBASTIÁN IZQUIERDO.

En ese marco se debe recordar la gesta independentista con la complejidad de todos sus proyectos: desde la propuesta monárquica de Manuel Belgrano de instaurar un reino andino, hasta el republicanismo radical de Bernardo de Monteagudo. Más allá de sus diferencias formales, todos estos proyectos guardaban en sí el principio del proteccionismo económico y la defensa de la soberanía popular. El problema radicó en que no hubo una unificación posible entre ellos que concluyera de manera determinante en torcer la historia americana. A partir de allí surgió la fragmentación del continente; una digresión que, no obstante, también dio lugar a victorias populares como la guerra contra el Imperio del Brasil o el gobierno de Simón Bolívar. En ambos procesos se luchó indirectamente contra la influencia británica, la cual operaba detrás de las fuerzas secesionistas.

Para comprender esto, no se debe idealizar a España, sino reconocer su tradición política sin dejar de ver que el Estado absolutista estaba fallado y viciado. En ese marco económico protoindustrial, la región americana se vio empujada a buscar su propio destino ante la incapacidad de la metrópoli para contener las transformaciones de la época.

Para finalizar, es imperioso reconocer este origen para no caer en el fatalismo —ya sea por izquierda o por derecha— de descreer de la gesta iniciadora de nuestra soberanía. En ella comenzó el proceso de participación popular en el cual se enmarcaron tanto el federalismo del siglo XIX como las luchas del siglo XX, donde la acción de las clases subalternas se inscribió en una gesta nacional de liberación y en la construcción de un ideario latinoamericano y continental. Allí se entroncan Bernardo de Monteagudo y Juan Domingo Perón, así como Simón Rodríguez y Jorge Abelardo Ramos. Es el pueblo el sujeto de la historia, y este siempre lucha en el marco de la liberación.

-SEBASTIÁN IZQUIERDO. ENTEVISTADOR- ESTUDIANTE DE LA LICENCIATURA DE HISTORIA, UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. (UBA).

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