Hay emociones, momentos, sensaciones que son imposibles de llevar a trascribir con palabras. Quizás el impulso más genuino de la escritura tenga que ver con poder trascribir lo imposible. De esa proeza titánica está hecha la mejor literatura. Cuando tenía ocho años vi con mis viejos y mi abuela Haydee (que moriría dos meses después), la final del mundial de México 86. Lo vimos el partido en un bar en Dock Sud. Recuerdo el pingüino de vino y el sifón de soda en la mesa junto a los ñoquis. Los gritos de gol de mi viejo junto a los demás parroquianos. La sensación de no future que cortaba el aire del lugar.
Recuerdo el pase de Diego en mitad de cancha para Burruchaga y la corrida interminable de este para definir sobre Schumacher que salía desesperado a achicar el arco de modo infructuoso. En las semis del mundial 90 vi junto a mi vieja la batalla que en el estadio de Nápoli enfrento a Argentina e Italia. Ganamos por penales frente al candidato al título en una actuación notable del equipo argentino y del vasco Goycochea que fue el héroe en los penales. Después de la victoria nos fuimos con mi vieja al obelisco, el antídoto ideal para combatir la tristeza.
En el 2014 recuerdo ver los penales con Países Bajos en un restaurante de Villa crespo con Julián, su mama y mi mama. Los mozos rezaban mientras nos traían la cuenta. Después los festejos en Corrientes y Scalabrani Ortiz y Julián que dormía en el cochecito ajeno a todo. En el 2022 vimos la final infartante contra Francia con Julián y Vero. En el tercer gol de Messi termine en el piso abrazado con Juli mientras Vero me decía que el árbitro estaba chequeando la jugada en el Var. Los penales los vimos mirando mitad la tele y mitad la ventana que da a Sarmiento. Una chica rezaba frente a un árbol y nos miraba buscando que le diéramos una señal de dicha.
«Cada cuatro años el fútbol trafica la ilusión de una felicidad generalizada que hace respirar mejor. A mí en lo particular cada mundial me deja una colección de recuerdos que constituyen el tesoro más valioso de mi vida».
JUAN PABLO SUSEL.
El ùltimo miércoles vimos el partido con Inglaterra con Juli, Seba y Vero. Cuando abrió el marcador Anthony Gordon, Seba se fue a ver el partido al baño con el celular y auriculares. Nos quedamos el resto en el comedor sufriendo como se sufre en situaciones límites. Un minuto antes de que Enzo empate con ese zapatazo hermoso abrí la ventana del comedor y diez segundos antes de ver la pelota impactando la red sentí un grito generalizado de afuera que presagiaba el empate. Parece que es gol empecé a decir como un poseso mientras Vero y Juli me decían que estaba loco.
Terminamos los cuatro abrazados y tirados en el piso llorando de modo desconsolado. A los cinco minutos Lautaro Martínez empujo de cabeza un centro maravilloso de Messi ejecutado con su pierna derecha. Salimos después del partido a pasear por las calles repletas de gente. El fútbol y los mundiales logran detener al mundo. Hoy en la escuela les preguntaba a mis alumnos como se sentían después de la victoria épica de ayer. Acordamos que lo que nos pasaba a todos tenía que ver con esa emoción muy difícil de poner en palabras a la que me refería al comienzo de estas líneas. Un chico me dijo que era lindo ver a la gente unida. Otro me dijo que el fútbol hacia un poco de justicia frente a la injusticia de Malvinas. Cada cuatro años el fútbol trafica la ilusión de una felicidad generalizada que hace respirar mejor. A mí en lo particular cada mundial me deja una colección de recuerdos que constituyen el tesoro más valioso de mi vida. Llorar y abrazarme con mis seres queridos que se quedan ahí en ese instante perpetuo para siempre conmigo. La felicidad es sin dudas el modo más conmovedor de la belleza





