El 7 de julio quedará en mi humilde historia personal con los mundiales como el día en que tuve palpitaciones frente a una pantalla. Y no fue cuando perdíamos contra Egipto. Fue inmediatamente después del empate, en la zurda de él. El pecho empezó a latir cada vez más fuerte; el corazón parecía un bombo, como cuando estás parado frente a una línea de bajo en los parlantes de un recital. Sin embargo, no hubo susto. Creo que el alivio de haber evitado la derrota colaboró para que no me alarmara.
Mientras escribo esto me doy cuenta de que, desde 2010 para acá, mis mundiales estuvieron atravesados directamente por él. Al principio pensaba: «Con este tipo tenemos que volver a ser campeones». Pero, a medida que los mundiales pasaban y la Copa parecía escapársele, seguía queriendo que Argentina ganara, aunque cada vez más quería que la ganara, sobre todo, por él.
Él, al que una tarde de 2007 mi viejo me señaló por televisión y me dijo: «Ojo con este pibe, eh. Vas a ver que va a ser más grande que Maradona». Mi viejo dijo muchas cosas a lo largo de su vida y yo le escuché muchas otras a lo largo de la mía, pero hay por lo menos cinco ideas que compartió conmigo que tienen carácter de máximas. Son esas frases que, cada tanto, vienen precedidas por un: ‘Mi viejo una vez me dijo…
Aquella sentencia, lanzada de sillón a sillón frente al televisor, tenía un peso especial. La decía un maradoniano a otro maradoniano.
Es una frase incómoda para los que amamos a Diego, sobre todo para quienes lo defendimos incluso de lo indefendible. Pero creo que mi viejo tenía, y sigue teniendo, razón. En términos de títulos, de goles y de una carrera sostenida en el tiempo, es indudablemente mejor. Es el más grande de la historia. ¿Qué duda puede quedar, a esta altura del partido?
En Qatar fui uno de los millones que quería verlo campeón, como prioridad de cualquier conquista futbolera. No puedo explicar esa sensación porque a este tipo le debo los abrazos más lindos que me di con mi viejo, con mi hijo, con mi esposa y con mis hermanos. Miren si no tengo cosas para agradecerle. Pero también quería que levantara la Copa para que les cerrara la boca a todos los que lo ningunearon durante años, a los que hicieron toneladas de leña con unos pocos árboles caídos.
Yo le debo mucho. Le debo los días más felices que el fútbol me dio. Le debo los gritos de gol más fuertes que solté en mi vida. Le debo abrazos que todavía siguen vivos en mi memoria. Reitero: le debo mucho. Por eso me tatué su dorsal en el brazo.
Ahora creo entender aquellas palpitaciones. No fueron por el empate. Tampoco por el miedo a perder. Fueron, quizás, un mecanismo torpe del cuerpo para reprimir una tristeza que todavía no quería admitir: la de la despedida.
Será el próximo partido, el siguiente o, ojalá, el de más allá. Pero por primera vez entendí que falta muy poco para que haya un Mundial sin él.
Y entonces me golpeó una certeza. La próxima vez que me abrace con un ser querido frente a una pantalla durante los próximos mundiales, él ya no va a estar. Mis gritos, mis lágrimas y mis insultos serán para otros. Pero todo eso no será más que el eco de todo lo que hizo con mi vida.
Tal vez esta sea la mejor medida de lo que significó para nosotros: pude escribir todo esto sin nombrarlo. Y estoy seguro de que nadie necesitó que dijera su nombre para saber de quién hablaba.





