Hace unos pocos días, la comunicadora Florencia Alcaraz utilizó un término que suena a una mezcla de economía con vida cotidiana: recesión sexual.Esta tesis sostiene que, en plena época de supuesta libertad sexual en el mundo occidental de clase media, las encuestas reflejan que la población —sobre todo los jóvenes menores de 30 años— tiene cada vez menos sexo. A partir de allí, han surgido un sin número de elucubraciones.Pero empecemos por el principio: ¿cuál es la genealogía de este fenómeno?
En 2007 salió a la venta el primer teléfono inteligente o, mejor dicho, la primera computadora de bolsillo. Fue un éxito de ventas que en pocos años lo cambió todo; de allí nacieron Instagram y las criptomonedas. Esto mediatizó enormemente la presencialidad en los «nativos digitales», permitiendo que niños y adolescentes tuvieran acceso prematuro a la pornografía y al hipermanierismo de la imagen.
«La recesión actual es el síntoma de una sociedad que pasó de usar la ciudad para encontrarse, a usar el dormitorio como un búnker desde donde se observa el mundo a través de una pantalla de cinco pulgadas».
SEBASTIÁN IZQUIERDOZ. PERIODISMO EN JAQUE
Históricamente, el sexo ha estado vinculado al riesgo y a la salida del hogar. En la Inglaterra victoriana, por ejemplo, se dice que el aumento de la libido pública coincidió curiosamente con la instalación de la iluminación a gas en las calles, que permitía encuentros nocturnos antes imposibles. Hoy ocurre el proceso inverso: tenemos luz artificial las 24 horas y una conexión total, pero nos hemos recluido. La «recesión» actual es el síntoma de una sociedad que pasó de usar la ciudad para encontrarse, a usar el dormitorio como un búnker desde donde se observa el mundo a través de una pantalla de cinco pulgadas
Esta exposición generó una obsesión por mejorar artificialmente el cuerpo, estandarizando trastornos como la anorexia o fenómenos antes impensados, como las cirugías estéticas en menores. En este contexto, la presencialidad dejó de ser el primer paso del vínculo para convertirse en el siguiente o, tal vez, en el último.
Un ejemplo cinematográfico perfecto para ilustrar esta transición es «Her» (2013), de Spike Jonze. En la película, Theodore, un hombre solitario que se dedica profesionalmente a redactar cartas de amor ajenas —un vestigio del romanticismo de texto que mencionabas—, termina enamorándose de un sistema operativo con voz de mujer película anticipa precisamente esa recesión sexual donde el sujeto, abrumado por la tristeza o la incapacidad de lidiar con lo humano, elige el refugio de un dispositivo caro antes que el riesgo de tocar a otra persona.
Aun así, sobrevivía cierto romanticismo púber hasta que dos hitos liquidaron la «novela de amor adolescente»:
El cine por streaming y el algoritmo: La hegemonía de la producción algorítmica y el cine de superhéroes hirieron mortalmente a las narrativas románticas tradicionales. El COVID-19 y la cuarentena: La virtualidad forzosa popularizó herramientas como Zoom y Meet como únicos mecanismos de reunión.
En este marco, surgieron en los márgenes de la derecha los grupos incel, formulando un mundo masculino «enamorado» de mujeres inexistentes o radicalizado en grupos de extrema xenofobia. Esto profundizó una grieta ideológica y afectiva insalvable entre hombres y mujeresDe aquí emana el concepto de recesión sexual: un escenario donde la interacción presencial es casi una anécdota y el predominio de la imagen sobre el texto es total. La pregunta que queda latente es cómo se vinculan los jóvenes ante la inminente llegada de los robots sexuales. Si la seducción es hija de la interacción y ambas tienen como ahijada al erotismo, cabe preguntarse qué lugar ocupará el deseo.





