TERCER ARCO: EL DISCO MÁS INCÓMODO DE MI JUVENTUD

por | Ago 31, 2026

La primera vez que supe de Los Piojos fue por una nota en la página central del Suplemento de Clarín. Allí se hablaba de los “nuevos poetas del rock nacional” y Andrés Ciro Martínez compartía espacio con Palo Pandolfo y Francisco Bochatón. Esa nota me cayó en el preciso momento en que empezaban a conjugarse en mi vida el rock, la escritura y el deslumbramiento ante la poesía. Tomé debida nota de cada nombre propio y me propuse explorar esos territorios desconocidos.

Pasaron algunos años hasta que un amigo de la secundaria me prestó un cassette de Los Piojos. Chactuchac no me deslumbró; es más, debo decir que pasó por mi walkman sin pena ni gloria. Sin embargo, había algo en ellos que me despertaba cierta curiosidad: la mística urbana y la exploración del sonido por fuera de la órbita del rock.

Tiempo después escuché en Rock & Pop “Pistolas” y ahí la cosa fue bien distinta. La letra, que denunciaba la violencia policial, se hamacaba sobre un blues acelerado mezclado con rock stone y candombe. ¿Y esto?, pensé. Y salí corriendo a buscar el CD que contenía esa canción. En la disquería Iris de Munro piqué el disco entero y me lo compré, porque a esa altura ya trabajaba. Ay ay ay se transformó de inmediato en uno de mis discos de cabecera del rock nacional.

-En la contratapa del disco, el bajista Miguel Ángel Rodríguez en su niñez. El disco fue grabado en Estudios Del Cielito y producido por el ex- GIT, Alfredo Toth, Un disco que cada tema podía ser un corte de difusión.

La llegada de Tercer Arco me puso en un lugar incómodo. Por un lado, se trataba de un disco que sonaba muy profesional, lo que podríamos llamar un disco maduro. Por otro, se transformó en un éxito. “El Farolito” lo pasaban en las radios caretas y hasta en los boliches.

¿Dónde se vio que la gilada baile el rock?

Entonces, los que sentíamos que Los Piojos eran un resultado barrial reservado para quienes conocíamos sus discos anteriores entendimos, en nuestro rol de fans —ignorantes e inmaduros, por cierto—, que se habían vendido. Que se habían hecho comerciales porque ahora vendían miles de discos y los escuchaba todo el mundo.

«La llegada de Tercer Arco me puso en un lugar inómodo. ¿Dónde se vió que la gilada baile rock?

TERCER ARCO POR CHARLY LONGARINI.

Cuando uno era adolescente en los 90, escuchaba música para alejarse del establishment. Pero si de repente eso que uno escuchaba con devoción empezaba a escucharlo también tu viejo o tu vieja, era de las peores cosas que te podían pasar.

Con Tercer Arco pasó eso. Los Piojos dejaron de ser nuestros.

Con un rock de vibra stone sin ser rolingas, ritmos rioplatenses, letras pro Che Guevara y pro Maradona, se transformaron en un fenómeno, todavía bajo la sombra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que gozaban de buena salud en los últimos años de su carrera.

“Y la champaña que descorchan hoy, guarden sus corchos para un bote hacer, se viene el río del hambre y la sed y ya no hay goles que den de morfar” es el verso que se me quedó tatuado para siempre de “Maradó”. Los Piojos también se subieron a la fiebre de hacer una canción en homenaje al Diego, más tratándose de una banda con mucho arraigo futbolero, desde las letras hasta la estética. De hecho, el nombre Tercer Arco proviene de esa lógica.

Después llegaron los himnos que quedaron para siempre: “Todo Pasa”, “Al atardecer”, “Esquina Libertad”, “Maradó”, “El Farolito” y “Verano del ’92”, una oda a la escasez de cannabis con ritmo murguero a cargo de La Chilinga.

Tres décadas después vuelvo a escuchar esas canciones y sigo pensando que suenan mucho mejor que en sus primeros discos. Me sorprende, incluso hoy, que un álbum tan experimental haya tenido semejante éxito.

¿Se vendieron? Por supuesto que ya no puedo pensar lo mismo que a los 20 años. Aquel joven idealista quedó en el pasado. Lo único que me gustaría decirle a ese muchacho que se preocupaba por esas pavadas es que tenía razón en una cosa, aunque todavía no pudiera entenderla: el rock también era una industria.

«A ese muchacho que se preocupaba por esas pavadas, le diría que tenía razón en una cosa, aunque todavía no pudiera entenderla: el rock también era una industria».

CHARLY LONGARINI,

Hoy, además, el rock, después de haber sido mainstream durante décadas, empezó a convertirse en un sonido crepuscular. No sé si murió, como vienen diciendo algunos especialistas incluso desde los años 70, pero que se viene retirando desde hace rato, seguro.

Quizás por eso ahora puedo escuchar “Tercer Arco” de otra manera.

Lo que a los 20 años me parecía una traición hoy me parece parte de su grandeza. Los Piojos no dejaron de ser una banda de barrio porque los escuchara todo el país. No dejaron de ser Los Piojos porque “El Farolito” sonara en un boliche. Lo que cambió no fue necesariamente la banda: cambié yo.

Tercer Arco marcó una época en la Argentina. Vino a poner el rock en el menú de sonidos de una década menemista que se encaminaba al desastre del 2001. Fue el disco con el que empecé a entender que el rock era también una industria y que esa música que a mí me volvía loco podía bailarla hasta mi vieja.

Contradictorio, sí. Pero también un discazo. De esos que, hace mucho tiempo, no sentimos contando aquel cuento de la buena pipa.

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