Santiago Segura siempre fue el más argentino de los comediantes españoles. Contemporáneo de Diego Capusotto, Alfredo Casero y Fabio Alberti entre otros cómicos notables su humor irreverente llego a nuestro país al mismo tiempo que la economía menemista se caía a pedazos al ritmo de una lenta e irremediable recesión.
En este lado del mundo el humor absurdo de Cha Cha Cha marco a una generación nihilista y desesperanzada que no creía en la política y que estaba signada por el paradigma del fin de la historia que había profetizado Francis Fukuyama. Segura se había hecho reconocido en nuestro país gracias a su participación en algunas películas icónicas de Alex De La Iglesia, un cineasta que entre finales del siglo pasado y la primera década del siglo XXI filmo sus mejores películas en las que se retrataba con agudeza la España del destape con sus freaks y perdedores a cuestas.
En 1998 Segura se puso por primera vez en la piel de lo que sin dudas es el gran personaje de su carrera. Torrente es un impresentable e incorrecto policía que entre otras cosas es corrupto, mal hablado, soez y portador de un recalcitrante franquismo que como mínimo va en contra de la más elemental convivencia democrática. Ese personaje que a finales del siglo XX escandalizaba gracias a la catarata de chistes incómodamente incorrectos que mezclaban xenofobia, misoginia y racismo entre otras cuestiones con el paso del tiempo dejo de incomodar.
«Algunos líderes mundiales entre los que se cuenta el presidente Javier Milei no son otra cosa que la representación real de aquello que los humoristas de fines del siglo XX imaginaban como parodia de un mundo que ya no existía más».
JUAN P. SUSEL.
Lo interesante en términos estrictamente sociológicos de todo este asunto es que el efecto que dejo de causar el humor de Segura no se debe a las calidades artísticas del personaje sino a que en determinado contexto el personaje era algo gracioso que podía canalizarse por medio del humor simplemente dejo de serlo.
A finales de la segunda década del siglo XXI con la llegada de Donald Trump y Jair Bolsonaro como presidentes de Estados unidos de Norteamérica y de Brasil respectivamente se produjo un vuelco en la conciencia colectiva en lo que respecta a una serie de valores que hacen a la vida democrática y que permitían pensar a ciertos actores y fenómenos del pasado desde la parodia y la caricatura. De esta manera el humor corrosivo de Torrente dejando en ridículo al imaginario fascista y racista de la España franquista permitía ubicar a la criatura creada por Segura como un consumo irónico para el público que poseyera algo de conciencia histórica.

El personaje de Segura entonces podía pensarse hermanado con la notable creación de Diego Capusotto que a comienzos del siglo XXI desde la televisión pública argentina representaba a Micki Vainilla, un fan de Adolph Hitler que poco disimuladamente replicaba sus consignas escudado en la fachada de un inocente cantante pop. Con el correr de los años y de la oleada de ultraderecha que azota al mundo en la actualidad esos personajes dejaron de ser bizarros para representar a un poder real que construye sentido basado en una ideología que legitima la crueldad y exclusión de gran parte de los ciudadanos con el trágico consentimiento de estos mismos.
En este contexto Torrente presidente viene a confirmar que el mundo ya no es el mismo en el que su personaje nació. Apenas iniciada la película lo vemos a Torrente dando un discurso encendido frente a sus amigos en su bar de cabecera. En el preciso momento en el que Torrente dice sus disparates unos publicistas de un partido de derecha llamado Nox (Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia) lo escuchan azorados. Entusiasmados por el poder de su oratoria lo invitan a uno de los mítines de su partido. De ahí en más Torrente tendrá un ascenso meteórico que lo llevará a lo más alto de la política española y también mundial.

Lo que hace 30 años no era otra cosa que un chiste hoy se transformó en un modo de pensar la política y de gobernar a escala planetaria. Ese absurdo que denuncia Torrente presidente hace acordar otros absurdos que el cine también parodio hace lejos y hace tiempo. Chaplin en el gran dictador haciendo girar entre sus dedos un globo terráqueo era una imagen que de por si hablaba del tiempo de la segunda guerra mundial. El personaje de Kevin Spacey en Torrente Presidente manejando el poder detrás de las sombras y mostrando el ridículo que representa el poder político de extrema derecha en la actualidad funciona como radiografía exacta del tiempo en el que vivimos.
Torrente como toda gran creación artística es un personaje de múltiples virtudes. Quizás la más notable de todas ellas fue percibir que estos personajes bizarros de un fascismo y racismo extremo no representaban a una insignificante minoría social. Las redes sociales con su potencia multiplicadora llevaron este ideario al centro de la escena política mundial.
Algunos líderes mundiales entre los que se cuenta el presidente Javier Milei no son otra cosa que la representación real de aquello que los humoristas de fines del siglo XX imaginaban como parodia de un mundo que ya no existía más. La batalla cultural que se libra en este tiempo pasa por registrar lo patético y absurdo de estos personajes y no por empoderarlos por medio de una risa acrítica.
Lo interesante es que Segura cuida a su personaje de caer en las manos impiadosas del mercado. Finalmente los malos verdaderos muestran su cara y de Torrente queda su mueca absurda y su fidelidad a los marginales que representa. Ese rasgo le da a Torrente un costado humano del que los políticos parodiados por el cine de Segura carecen. Torrente a pesar de todo sigue dando risa. La política y el mundo de extrema derecha solo dan terror. En eso radica el triunfo de su cine
Torrente Presidente. España, 2026. Dirección y guión: Santiago Segura. Elenco: Santiago Segura, Gabino Diego, Ramón Langa, Carlos Areces, Xavier Deltell, Cañita Brava, Bertín Osborne, Kevin Spacey, Alec Baldwin.





