Hacia Viernes Salvajes
Son las 23:55 de un 24 de diciembre en un barrio de Lomas de Zamora llamado Fiorito, ubicado hacia el sur del conurbano bonaerense. Es un barrio humilde, un barrio obrero de calles de tierra, de zanjas y de sue帽os postergados.
En una de las tantas casitas, hay una familia esperando la navidad, la llegada del ni帽o Dios, como le dicen ellos. A la mesa est谩n sentados una mujer y un hombre acompa帽ados de cuatro ni帽os, tres nenas y un var贸n. El m谩s chico, un beb茅 de un a帽o y un mes de vida, duerme en el regazo de su madre. Los platos ya han sido levantados y se encuentran en la pileta esperando que alguien los lave. En la mesa rudimentaria hay una botella de vino casi vac铆a, una botella de sidra reci茅n abierta y unos peque帽os vasos de vidrio. Tambi茅n hay un pan dulce abierto, con migas a su alrededor.

De repente a lo lejos se escuchan explosiones. El reloj y el locutor de la radio encendida anuncian la medianoche. Los integrantes de la familia, que est谩n vestidos con sus mejores ropas, se levantan r谩pido de las sillas y salen a la puerta a ver los fuegos artificiales y a saludar a los vecinos. As铆, maravillados y con la felicidad dibujada en sus rostros, permanecen de pie ah铆 en el frente de la casita. La madre a煤n carga en brazos al m谩s peque帽o que ya se despert贸.
Dentro de la casa, mientras tanto, una figura que viene desde muy lejos, deja algunos paquetes en el arbolito que se encuentra junto a la ventana. Sigiloso pero r谩pido, deja juguetes para los ni帽os. Una vez acomodados en el piso, se retira por donde vino y en completo silencio desaparece.
Algunos minutos mas tarde, cuando los habitantes de la casa entran, se encuentran con los regalos. Los peque帽os y los adultos rompen en asombro. Los chicos saltan y gritan de la alegr铆a que encontraron en un paquete. Los padres se miran incr茅dulos, sonr铆en y miran al cielo. Luego se abrazan. A la madre se le escapa una l谩grima que le recorre la mejilla y cae r谩pido al suelo. Cierra los ojos y se persigna.

Las hijas mayores reciben un juguete cada uno. Por sus manos pasan una mu帽eca, un juego de doctor, un juego de magia y corren al patio trasero euf贸ricas. El hombre se agacha, toma una pelota de futbol al pie del arbolito y se la entrega al hijo. El peque帽o la mira con los ojos llenos de sorpresa y la abraza.
Horas m谩s tarde, en medio de la madrugada mientras en la casa se respira el silencio de la navidad, el peque帽o dormir谩 con esa pelota entre sus brazos. Tendr谩 los ojos bien apretados y empezar谩 a tejer un par de sue帽os, de esos lindos que se piden siempre en navidad.






